Un capullito de algodón, pura potencia.
Puede ser camisa, pañuelo, abrigo, mantel.
O puede no ser nada.
Un capullo de algodón,
áspero, suave.
Como la vida, como cada uno de nosotros.
martes, 29 de noviembre de 2011
miércoles, 12 de octubre de 2011
La mesa está servida
Vino y se sentó a mi mesa.
Le hice señas para que pasemos al fondo, no quería que lo vieran conmigo.
Se sentó y conversó como antes, como si no hubiera descarrilado el tren.
Apoyó sus manos crudas en la mesa y me miró, después de tanto tiempo.
Una como incomodidad se revolvió en mí, quise testigos cercanos.
La fonda estaba llena, ruidosa, oscura. La mesera repartía platos de sopa colmados y medias botellas de vino, un poco de pan por favor.
No se quitó la gorra raída cuando empezó a remojar el pan en la sopa, los dedos ahogándose.
No quería saber, no preguntaba. Se quemaba.
Casi no le veía los ojos, no podía saber lo que estaban diciendo al verme.
Aghh, quema! Sonreí. Sonrió. Vale.
No sa había movido, pero era como si se hubiera acercado, barriendo con toneladas de escombros.
No se muy bien, creo que sigo sentada en esa fonda, oscilando pesada, inerte, perpetuamente subyugada.
O tal vez salí, en algún momento junté fuerzas y salí. Pero él me persigue, se pega a mí como una culpa. Lo veo apoyando un pie en el muro, saboreando de reojo mis derrotas.
Le hice señas para que pasemos al fondo, no quería que lo vieran conmigo.
Se sentó y conversó como antes, como si no hubiera descarrilado el tren.
Apoyó sus manos crudas en la mesa y me miró, después de tanto tiempo.
Una como incomodidad se revolvió en mí, quise testigos cercanos.
La fonda estaba llena, ruidosa, oscura. La mesera repartía platos de sopa colmados y medias botellas de vino, un poco de pan por favor.
No se quitó la gorra raída cuando empezó a remojar el pan en la sopa, los dedos ahogándose.
No quería saber, no preguntaba. Se quemaba.
Casi no le veía los ojos, no podía saber lo que estaban diciendo al verme.
Aghh, quema! Sonreí. Sonrió. Vale.
No sa había movido, pero era como si se hubiera acercado, barriendo con toneladas de escombros.
No se muy bien, creo que sigo sentada en esa fonda, oscilando pesada, inerte, perpetuamente subyugada.
O tal vez salí, en algún momento junté fuerzas y salí. Pero él me persigue, se pega a mí como una culpa. Lo veo apoyando un pie en el muro, saboreando de reojo mis derrotas.
jueves, 1 de septiembre de 2011
Empacho
Borbotones de ti
y vomito.
Tender hacia adelante como una flecha, y quebrarse.
Bailar, saltar, gritar
huir.
Es duro el quedarse, no hay Cristo que parta para nosotros el pan.
y vomito.
Tender hacia adelante como una flecha, y quebrarse.
Bailar, saltar, gritar
huir.
Es duro el quedarse, no hay Cristo que parta para nosotros el pan.
La orquesta
Viene para quedarse, monta desde atrás, como un ejército bueno, imposible. Me acecha, merodea (me rodea?) mi cueva, la dejaré abierta para que entre y se siente. Miraremos desde la boca de la cueva al mundo, y nos reiremos. Con su percusión fina, exacta, daremos golpes de gracia, un poquito acá, allá, donde sean bienvenidos los vientos. Los violines nos harán bailar, y la cueva se transformará en el mejor escenario, en una excusa para no salir más. Daremos saltos elásticos, irrumpiendo en la monotonía del acontecer. Seremos.
Una voz de fondo nos guiará en do sostenido, variaciones de la misma poesía. Las cuerdas de nuestros brazos sostendrán la pantomima, y nos luego nos expondrán en una vitrina de objetos extraños.
Desde aquí se ve el halo que habita el mundo, doloroso. Un teclado agarrotado, impotente con sólo un abecedario. Una vieja marchita rebusca en las bolsas abandonadas. El tren ése que no llegará. La mar permanente. Una podredumbre antigua. Y pequeña, imperceptible, esa flor amarilla, fanática, empecinada.
Palabras que se repiten. El coro de instrumentos jugando, gritando, enloqueciendo por cortar la flor y regalármela.
Una voz de fondo nos guiará en do sostenido, variaciones de la misma poesía. Las cuerdas de nuestros brazos sostendrán la pantomima, y nos luego nos expondrán en una vitrina de objetos extraños.
Desde aquí se ve el halo que habita el mundo, doloroso. Un teclado agarrotado, impotente con sólo un abecedario. Una vieja marchita rebusca en las bolsas abandonadas. El tren ése que no llegará. La mar permanente. Una podredumbre antigua. Y pequeña, imperceptible, esa flor amarilla, fanática, empecinada.
Palabras que se repiten. El coro de instrumentos jugando, gritando, enloqueciendo por cortar la flor y regalármela.
Espérame
Espérame que volveré.
Sólo que la espera será dura.
Espera cuando te invada la pena, mientras ves la lluvia caer.
Espera cuando los vientos barran la nieve.
Espera en el calor sofocante,
cuando los demás hayan dejado de esperar, olvidando su ayer.
Espera incluso cuando no te lleguen cartas de lejos.
Espera incluso cuando los demás se hayan cansado de esperar.
Espera incluso cuando mi madre e hijo crean que ya no existo,
y cuando los amigos se sienten junto al fuego para brindar por mi memoria.
Espera.
No te apresures a brindar por mi memoria tú también.
Espera, porque volveré desafiando todas las muertes,
y deja que los que no esperan digan que tuve suerte.
Nunca entenderán que en medio de la muerte,
tú, con tu espera, me salvaste.
Sólo tú y yo sabemos cómo sobreviví.
Es porque esperaste, y los otros no.
Sólo que la espera será dura.
Espera cuando te invada la pena, mientras ves la lluvia caer.
Espera cuando los vientos barran la nieve.
Espera en el calor sofocante,
cuando los demás hayan dejado de esperar, olvidando su ayer.
Espera incluso cuando no te lleguen cartas de lejos.
Espera incluso cuando los demás se hayan cansado de esperar.
Espera incluso cuando mi madre e hijo crean que ya no existo,
y cuando los amigos se sienten junto al fuego para brindar por mi memoria.
Espera.
No te apresures a brindar por mi memoria tú también.
Espera, porque volveré desafiando todas las muertes,
y deja que los que no esperan digan que tuve suerte.
Nunca entenderán que en medio de la muerte,
tú, con tu espera, me salvaste.
Sólo tú y yo sabemos cómo sobreviví.
Es porque esperaste, y los otros no.
Espérame, de Konstantín Simonov
Vals
baila y sus pies escriben palabras que no osaría pronunciar
el suelo deviene una página en blanco
y escribe
cruzar el océano, amar
las baldosas repiten mántricas un coro que la acuna
estirar los brazos y comer la manzana
degustarla lenta, devolverla impúdica hecha semillas y cáscara, fértil
a un lado, al otro, mecida por eso que no existe, eso que es puro deseo
cerrar los ojos en sus brazos
sonreir apenas, virar la cabeza, acomodarse el cabello
oscilar en el salón de sus sueños, reina
dejarse acariciar por su voz, añorar
descomponer las figuras que se dibujan en el salón
brillar
no entiende lo que pronuncia
a un lado, al otro, a un lado, al otro, mecerse
acuñar el ritmo de la vida sin frenesí
decolorarse y tornarse un vals un murmurllo una vida.
el suelo deviene una página en blanco
y escribe
cruzar el océano, amar
las baldosas repiten mántricas un coro que la acuna
estirar los brazos y comer la manzana
degustarla lenta, devolverla impúdica hecha semillas y cáscara, fértil
a un lado, al otro, mecida por eso que no existe, eso que es puro deseo
cerrar los ojos en sus brazos
sonreir apenas, virar la cabeza, acomodarse el cabello
oscilar en el salón de sus sueños, reina
dejarse acariciar por su voz, añorar
descomponer las figuras que se dibujan en el salón
brillar
no entiende lo que pronuncia
a un lado, al otro, a un lado, al otro, mecerse
acuñar el ritmo de la vida sin frenesí
decolorarse y tornarse un vals un murmurllo una vida.
sábado, 11 de junio de 2011
El juego
Con los ojos podía juntar nubes y formar dibujos.
Era fácil.
Pestañear. Una, dos, tres veces como máximo y el blanco difuso se condensa en un camello de joroba deshilachada, en un edificio alto y sin ventanas, en un geranio con ciento veinte pétalos... Se había traído el secreto de unas ya lejanas vacaciones de infancia y lo había recuperado hacía poquito, de casualidad, una tarde que se dejó ganar por la exuberancia escondida del cielo porteño. Y por las ganas de que todo fuera de otra manera.
Iba recordando las reglas a medida que repetía el juego. No valía saber de antemano qué dibujo vendría, había que recibir lo que el cielo quisiera regalar y entonces zambullirse con desparpajo en tanta materia olvidada, tanto recuerdo chiquito que no sabía que traía consigo. Se deshizo en perdones inútiles cuando se llevó por delante a un oficinista de maletín aburrido por estar persiguiendo antes de que se diluyeran las manzanas asadas de la abuela, acarameladas y desperfectas, una al lado de la otra, apretaditas así entran más, total se achicharran después, si hasta podía sentir el perfume ácido de invierno y tardes largas. Tampoco valía insistir en recuperar la imagen perdida; cuando el dibujo se esfumaba había que aceptar la partida, alguien andaría por ahí barriendo también nubes con los ojos para descubrirlo en otros cielos.
Así iba Dolores últimamente por la ciudad, en babia y enamorada de vuelta de aquel antiguo amor con la insistencia de la primera vez.
Esa mañana de julio, había llegado hasta el subte combatiendo con el juego la monotonía del trecho que la separaba de la estación Palermo, pero sobre todo intentando ponerle un dique al aluvión de tristeza que le amenazaba la garganta. Manchar de novedad las cuadras conocidas. Torcer el rumbo aunque el camino fuera el de todos los días. Estirar la nariz por sobre la bufanda abrigada y esquivar de memoria las baldosas rotas. Comprarle por primera vez una rosquita frita al tipo de la bicicleta. Escribir otro guión con los ojos, no darle tregua al hastío. Arriaba pedacitos inconexos de nubes -o de sueños, que es lo mismo- para formar dibujos -o pasados, que es lo mismo- que no estaban ahí antes del empujón de pestañas, y que indefectiblemente se irían para siempre con el próximo zarpazo. Conjurar la aplastante verdad. Iba entre distraída y fascinada con ese poder suyo de amontonar nada. O de crear realidades, depende de qué día titule el juego.
La sobresaltaron entre dos estaciones los gritos exigentes de un hombre que pedía por favor alguien que le dé el asiento a esta señora que está paradita con un bastón. Miró autómata. La vio al lado suyo, parada, con un rodete canoso y el bastón en la mano. Hacía calor con tanto abrigo puesto, tanto tapado y campera. Paradita. La mujer estaba ahí y las nubes que el hombre convocó hicieron que la viera así, paradita. Le dio pena, no sabe por qué pero le dio pena, tanta pena que empezó a llorar. Lloraba por la mujer paradita sin asiento, por el hombre que había gritado, pero por sobre todas las cosas lloraba porque quería llorar, porque estaba triste y quería llorar y alguien le había dado una excusa. Y porque le pareció que todos iban paraditos en el subte, y en el mundo, desapercibidos casi, haciendo fuerza para mantenerse en pie, convocando músculos y espíritus en una tarea desmesurada.
El subte recogió su llanto calmo y compenetrado, íntimo. Sintió difusamente el cuidado que le daban las miradas entre curiosas y fingidamente desatentas de los demás pasajeros. El anonimato le daba permiso y se desahogó. Lloró con ternura, sabía que había ahí una caricia llegado el caso.
Imposible recordar si finalmente alguien le dio el asiento a la señora, seguro que sí. Ahora Dolores sabe que hay un hombre que conoce su juego y se anima en el subte, sin nubes.
martes, 24 de mayo de 2011
Oniris
Lo que hinca a cada lado de la mirada, el filo detrás de cada palabra. Lo que no se ve pero incide, conduce. Lo que no se dice pero se enuncia pro li ja men te día a día. Obediencia debida, lo aprendí nomás entrar a la escuela primaria.
Levantar el velo. Ver. Descubrir después de tanto tiempo, tantos gritos, tanta sangre.
Intentar decir.
Tentar al decir.
Y soñar.
Quién es que no me deja a solas conmigo? No, no, a quién dejo que no me deje, es la pregunta. A quién no dejo de dejar. Llega: quién no deja de dejarme…
Levantar el velo. Ver. Descubrir después de tanto tiempo, tantos gritos, tanta sangre.
Intentar decir.
Tentar al decir.
Y soñar.
Quién es que no me deja a solas conmigo? No, no, a quién dejo que no me deje, es la pregunta. A quién no dejo de dejar. Llega: quién no deja de dejarme…
Impresionismo
He nacido en una cuna incómoda.
He nacido en una casa incómoda. Las paredes chillaban de colores, mi madre chillaba por todo, chillaba el perro cuando la abuela lo agarraba a escobazos. Chillaba mi país pariendo una dictadura, chillaban los corazones de mis padres al compás de la marcha peronista, chillaba la juventud yendo a la revolución.
Perón presidente venía de morirse y una ínfima niñita llorando. El recorrido de mi gestación fue el del auge y muerte del líder, nací en un país de luto, en una familia doliente.
Los primeros días, un desfile de caras extrañas se acercaban a mí, demasiado. Podía sentir los olores de todos los que sonriendo me espiaban. Olor a maquillaje barato, olor a cerveza en el bodegón de la otra cuadra, olor a spray para el pelo, olor a pasta de dientes para niños, olor a cigarrillo, olor a chicle. Todos, indefectiblemente, venían y me dejaban una caravana de olores que me adormecían.
Sí, de niña dormía bastante; esa negación del mundo exterior, mi partida diaria hacia otros lares. En esos viajes, me arrellanaba en esa masa informe y sin peso de que están hechos los sueños. Esos pasadizos amorfos e indefinidos por donde transitar con la inocencia como guía. En aquella época solía soñar con un campo verde y ancho, una pampa afelpada en la que un árbol y un caballo entablaban una conversación insólita.
- De qué está hecho tu relincho?
- De un cansancio atónito por no poder hablar, es un grito putrefacto en el cielo infinito.
He nacido en una casa incómoda. Las paredes chillaban de colores, mi madre chillaba por todo, chillaba el perro cuando la abuela lo agarraba a escobazos. Chillaba mi país pariendo una dictadura, chillaban los corazones de mis padres al compás de la marcha peronista, chillaba la juventud yendo a la revolución.
Perón presidente venía de morirse y una ínfima niñita llorando. El recorrido de mi gestación fue el del auge y muerte del líder, nací en un país de luto, en una familia doliente.
Los primeros días, un desfile de caras extrañas se acercaban a mí, demasiado. Podía sentir los olores de todos los que sonriendo me espiaban. Olor a maquillaje barato, olor a cerveza en el bodegón de la otra cuadra, olor a spray para el pelo, olor a pasta de dientes para niños, olor a cigarrillo, olor a chicle. Todos, indefectiblemente, venían y me dejaban una caravana de olores que me adormecían.
Sí, de niña dormía bastante; esa negación del mundo exterior, mi partida diaria hacia otros lares. En esos viajes, me arrellanaba en esa masa informe y sin peso de que están hechos los sueños. Esos pasadizos amorfos e indefinidos por donde transitar con la inocencia como guía. En aquella época solía soñar con un campo verde y ancho, una pampa afelpada en la que un árbol y un caballo entablaban una conversación insólita.
- De qué está hecho tu relincho?
- De un cansancio atónito por no poder hablar, es un grito putrefacto en el cielo infinito.
Se cae
Me apoyé en el muro para ver. Ví cómo se desprendía una parte y se caía. Ví que caía entre dos muchachos que pasaban caminando, tranquilos, salpicados por el polvo que inunda el lugar. Tierra seca volando.
Tierra seca cayendo desde mí, por mí, hacia ellos, allá abajo. Tierra seca condensada. Tierra seca que se sale y me deja ver, por fin; me da otra visión.
Miro desde arriba un abajo viejo, gastado, silencioso. Descolorido.
Miro y me acompañás, al lado. No estoy sola de este lado de la ciudad en el que el muro viejo, seco, se cae…
Tierra seca cayendo desde mí, por mí, hacia ellos, allá abajo. Tierra seca condensada. Tierra seca que se sale y me deja ver, por fin; me da otra visión.
Miro desde arriba un abajo viejo, gastado, silencioso. Descolorido.
Miro y me acompañás, al lado. No estoy sola de este lado de la ciudad en el que el muro viejo, seco, se cae…
domingo, 3 de octubre de 2010
Poema musulmán
Si nos dormimos
somos los adormecidos del Señor
y si nos despertamos
estamos en sus manos
si lloramos
somos su nube repleta de lluvia
y si nos reimos
somos su relámpago en ese momento
si nos enojamos y peleamos
es el reflejo de su ira
y si recuperamos la paz y perdonamos
es el reflejo de su amor
¿Quiénes somos nosotros en este mundo complicado?
somos los adormecidos del Señor
y si nos despertamos
estamos en sus manos
si lloramos
somos su nube repleta de lluvia
y si nos reimos
somos su relámpago en ese momento
si nos enojamos y peleamos
es el reflejo de su ira
y si recuperamos la paz y perdonamos
es el reflejo de su amor
¿Quiénes somos nosotros en este mundo complicado?
sábado, 18 de septiembre de 2010
Angelita Dorrego. (versión libre)
He venido a este convento a destilar lo que me queda de vida. Si es que este levitar puede llevar ese nombre.
Hubiera preferido que el fuego te besara los pies y subiera despacio y crepitante por tus tobillos, tus pantorrillas, tus muslos, tu vientre, tu pecho…como yo subí tantas veces Manuel, tímida, intrigada, fascinada.
Sí, hubiera preferido el fuego pero los dioses eligieron un escupitajo de pólvora clavado en el medio de tu pecho, mi pecho Manuel.
Y ahora me deshago en esta celda. Las paredes blancas traspiran tu ausencia, las campanas suenan tu muerte, los monjes rezan y en su murmullo yo sé, una y otra vez, que no volverás.
Una extranjera me visita algunas noches. Me huele, me mira, y se sonríe. No dice nada. Nunca dice nada pero su existencia me lleva al cónclave de los generales que absurdamente decidieron tu destino y el mío. Y el de muchos más…
Yo te ví luchar con Belgrano, con San Martín. Yo sé de tu rebeldía, de tu hombría. Yo sé de los sueños de Patria Grande, yo sé que amás a los hombres y mujeres de este país. Y que ellos te aman. El negrerío clama Manuel, los pobres te lloran.
Conmigo.
Hubiera preferido que el fuego te besara los pies y subiera despacio y crepitante por tus tobillos, tus pantorrillas, tus muslos, tu vientre, tu pecho…como yo subí tantas veces Manuel, tímida, intrigada, fascinada.
Sí, hubiera preferido el fuego pero los dioses eligieron un escupitajo de pólvora clavado en el medio de tu pecho, mi pecho Manuel.
Y ahora me deshago en esta celda. Las paredes blancas traspiran tu ausencia, las campanas suenan tu muerte, los monjes rezan y en su murmullo yo sé, una y otra vez, que no volverás.
Una extranjera me visita algunas noches. Me huele, me mira, y se sonríe. No dice nada. Nunca dice nada pero su existencia me lleva al cónclave de los generales que absurdamente decidieron tu destino y el mío. Y el de muchos más…
Yo te ví luchar con Belgrano, con San Martín. Yo sé de tu rebeldía, de tu hombría. Yo sé de los sueños de Patria Grande, yo sé que amás a los hombres y mujeres de este país. Y que ellos te aman. El negrerío clama Manuel, los pobres te lloran.
Conmigo.
Sur-real.
Fóbicos flecos de aserrín te adornan el sendero. Un farol de violetas te martilla el alma, y los pies. Las uñas negras, podridas, torcidas blasfeman putrefacción. La estación cerrada deja pasar el agua clara de la fuente que ha de pedir perdón. Ese acento inocultable se devela en los momentitos desprolijos del ser siendo. Tu boca pare renacuajos húmedos como besos y amapolas. Opio. En esta acera todo chirría.
Los muebles esconden ojos y pestañas. Y mueren. Y ven que nada ha de volver. Y ven que los gusanos preparan el hoyo y la tierra. Y saben que la chimenea pita y el vagón se descarrila. Igual que ese ovillo de nardos que al desenredarse perfuma y amarillea el salón.
Nudo de acero y tiempo. Nudo de tiempo y algodón. Nudo de nausea y biografía.
Las ojotas rojas se salen de los dedos, te abandonan, te hamacan. El moño que te pusiste en el recuerdo hace que todo sea borroso. Incluso esa mecedora en la que podría sentarme a descansar. O a llorar. Con tus manos pesadas sobre el regazo de mi memoria. Y tu cantar en mi oreja.
Pero las violetas se hinchan como leones y sacuden su melena de polen. Y lloro. Y llago. Y entonces qué?
Los muebles esconden ojos y pestañas. Y mueren. Y ven que nada ha de volver. Y ven que los gusanos preparan el hoyo y la tierra. Y saben que la chimenea pita y el vagón se descarrila. Igual que ese ovillo de nardos que al desenredarse perfuma y amarillea el salón.
Nudo de acero y tiempo. Nudo de tiempo y algodón. Nudo de nausea y biografía.
Las ojotas rojas se salen de los dedos, te abandonan, te hamacan. El moño que te pusiste en el recuerdo hace que todo sea borroso. Incluso esa mecedora en la que podría sentarme a descansar. O a llorar. Con tus manos pesadas sobre el regazo de mi memoria. Y tu cantar en mi oreja.
Pero las violetas se hinchan como leones y sacuden su melena de polen. Y lloro. Y llago. Y entonces qué?
sábado, 14 de agosto de 2010
Río, vos.
Pan de azúcar tus manos,
puras y negras, vívidas
cálidas, amantes manos tuyasmías.
Pan de azúcar tus ojos abiertos
inquietos curiosos ojos
que todo lo quieren ver.
Pan de azúcar tu sonrisa franca, niña
entera sonrisa que revela
el hombre que sos.
Pan de azúcar no te conocía,
te intuía de a ratos, sabedora sin mapas.
y aquí estás, río,vos.
puras y negras, vívidas
cálidas, amantes manos tuyasmías.
Pan de azúcar tus ojos abiertos
inquietos curiosos ojos
que todo lo quieren ver.
Pan de azúcar tu sonrisa franca, niña
entera sonrisa que revela
el hombre que sos.
Pan de azúcar no te conocía,
te intuía de a ratos, sabedora sin mapas.
y aquí estás, río,vos.
Dicen.
-Dijiste poca edad.
- Dije poquedad.
Pocaedad, poquedad, oquedad del decir.
Dije que yo era muy chiquita, frágil, indeleble ser.
Dije y me dijeron que sonreía a pesar de todo. Ríe la niña y conjura la oscuridad del mundo, el imperdonable pecado de haber nacido.
Una desgracia vuelta poder.
- Dije poquedad.
Pocaedad, poquedad, oquedad del decir.
Dije que yo era muy chiquita, frágil, indeleble ser.
Dije y me dijeron que sonreía a pesar de todo. Ríe la niña y conjura la oscuridad del mundo, el imperdonable pecado de haber nacido.
Una desgracia vuelta poder.
viernes, 13 de agosto de 2010
Temblor.
No supo qué decir, el estómago pedía a gritos algo que comer. Irrisorio, absurdo querer comer cuando la esquina se desvanecía tan de golpe, tan de verdad.
De a uno, los ladrillos comenzaron a desmadrarse, el pegamento terminó súbitamente su razón de ser y se despegaron los mosaicos. Sin aviso, sin run run previo, el muro empezó a desgajarse, seguro en su desintegración. Cuánto sostenía ese muro insignificante….
Por qué no correrse? Por qué no buscar refugio? Por qué ese tremendo empecinamiento en quedarse a la intemperie, rasguñada por el viento y el frío, por el tremendo caer del muro…?
Si la energía se condensara, esos ojos fulminarían la obstinación de la caída. Pero el alegato gana, gana la trocha transitada, gana la puta y envilecida costumbre de quedarse a la intemperie, carroña. Viendo el ocurrir de la destrucción.
Sabe perfectamente que en esas coordenadas se mezclan furtivamente el agua del arroyo y la podredumbre del fango extemporáneo. Y cristalizan en mierda. Pero no puede, o no sabe, evitar el paralelo 22´34”, es así, una y otra vez el bote se anega en esas aguas.
De a uno, los ladrillos comenzaron a desmadrarse, el pegamento terminó súbitamente su razón de ser y se despegaron los mosaicos. Sin aviso, sin run run previo, el muro empezó a desgajarse, seguro en su desintegración. Cuánto sostenía ese muro insignificante….
Por qué no correrse? Por qué no buscar refugio? Por qué ese tremendo empecinamiento en quedarse a la intemperie, rasguñada por el viento y el frío, por el tremendo caer del muro…?
Si la energía se condensara, esos ojos fulminarían la obstinación de la caída. Pero el alegato gana, gana la trocha transitada, gana la puta y envilecida costumbre de quedarse a la intemperie, carroña. Viendo el ocurrir de la destrucción.
Sabe perfectamente que en esas coordenadas se mezclan furtivamente el agua del arroyo y la podredumbre del fango extemporáneo. Y cristalizan en mierda. Pero no puede, o no sabe, evitar el paralelo 22´34”, es así, una y otra vez el bote se anega en esas aguas.
En Lima.
Me despierto, me voy despertando…Es cursi, pero me voy despertando y sigo siendo feliz desde la profundidad de mi inconsciente, que hoy le hizo decir a mi analista: y vos, para qué querés venir?
Y hay una piel ancha y amplia que es mía, respira y tiende sus seudópodos insistentes, reincidentes, extraviados. Y descubro cada mañana dermis donde alguna vez hubo palabras, ideas.
Amanezco con el océano al oeste y mi tendencia al río al este se ríe, a veces, y a veces reza, otras llora. Pero siempre las ganas de remolonear, de demorarme en el abrazo, en el entretejido que exuda noche, que incita.
Después, pasito a paso avanzo por una ciudad que no es mía pero me recibe, veo caras que no son las que he visto toda la vida, descubro gestos, cadencias, andares, acentos, intercambios….Me defiendo como puedo de la violencia de los que manejan autos, coches viejos, mega camionetas de ostentación burda, trazo mi ruta, disfruto del nuevo Metropolitano que me cobija como lo conocido.
Recibo cada vez que ocurre como una epifanía el vuelto de un pasaje que puede valer lo que el cobrador diga, o lo que la pinta del pasajero insinúe, pero no, vale una china (cincuenta centavos) porque es corto el viaje.
Me dejo embriagar por el sol cuando quiere apoderarse de la ciudad gris, y sonrío de pura gratitud. Y así ando, zombie de amor.
Y hay una piel ancha y amplia que es mía, respira y tiende sus seudópodos insistentes, reincidentes, extraviados. Y descubro cada mañana dermis donde alguna vez hubo palabras, ideas.
Amanezco con el océano al oeste y mi tendencia al río al este se ríe, a veces, y a veces reza, otras llora. Pero siempre las ganas de remolonear, de demorarme en el abrazo, en el entretejido que exuda noche, que incita.
Después, pasito a paso avanzo por una ciudad que no es mía pero me recibe, veo caras que no son las que he visto toda la vida, descubro gestos, cadencias, andares, acentos, intercambios….Me defiendo como puedo de la violencia de los que manejan autos, coches viejos, mega camionetas de ostentación burda, trazo mi ruta, disfruto del nuevo Metropolitano que me cobija como lo conocido.
Recibo cada vez que ocurre como una epifanía el vuelto de un pasaje que puede valer lo que el cobrador diga, o lo que la pinta del pasajero insinúe, pero no, vale una china (cincuenta centavos) porque es corto el viaje.
Me dejo embriagar por el sol cuando quiere apoderarse de la ciudad gris, y sonrío de pura gratitud. Y así ando, zombie de amor.
sábado, 10 de julio de 2010
Aquí.
Aquí es el lugar en el que soy feliz.
El lugar en el que soy feliz se mueve conmigo. Es móvil. Se transforma.
Es luminoso, colorido, cursi.
Tiene aristas, ventanas, puertas, caminos.
El lugar en el que soy feliz me ha tomado por sorpresa, llegó a mí de la mano de la palabra, sentada en una silla que no es mía, pero cuánto sin embargo. Me ha esperado mucho tiempo, muchas risas, muchos remanidos recodos del camino, que no llamaré equivocados por no ser injusta, pero sí dirá desde este lugar que fueron más bien por gusto.
El lugar en el que soy feliz suda, grita, salta, se exalta. Lee. Lee ávidamente y extraña ávidamente leer y tropezarse con algunas palabras, algunas ideas que me arrebatan los ojos y me hacen sangrar, llorar.
He llegado llorando, después de no haberme permitido llorar durante años. He perdido varios dientes en la batalla. He ganado unos cuantos amigos de los de buena madera, para siempre, para seguir siendo el lugar en el que soy feliz.
El lugar en el que soy feliz está también habitado por un compañero inapalabrable de tan real. Un madre y un padre que no sabían me dejaron al inicio del camino. De a ratos volvían con algún indicio, algún gesto que me ayudan a andar todavía hoy.
Hay ojos entrañables en este lugar en el que soy feliz, y olores que trazan un mapa entre Misiones y Chincha, de la selva al mar, de Paraguay a Perú.
En este lugar en el que soy feliz no entra la biblioteca que fui construyendo durante años. Qué querrá decirme mi biblioteca despanzurrada lejos de mí, abierta para quienes quieran tomarla, inaccesible ya a mis manos.
El lugar en el que soy feliz se mueve conmigo. Es móvil. Se transforma.
Es luminoso, colorido, cursi.
Tiene aristas, ventanas, puertas, caminos.
El lugar en el que soy feliz me ha tomado por sorpresa, llegó a mí de la mano de la palabra, sentada en una silla que no es mía, pero cuánto sin embargo. Me ha esperado mucho tiempo, muchas risas, muchos remanidos recodos del camino, que no llamaré equivocados por no ser injusta, pero sí dirá desde este lugar que fueron más bien por gusto.
El lugar en el que soy feliz suda, grita, salta, se exalta. Lee. Lee ávidamente y extraña ávidamente leer y tropezarse con algunas palabras, algunas ideas que me arrebatan los ojos y me hacen sangrar, llorar.
He llegado llorando, después de no haberme permitido llorar durante años. He perdido varios dientes en la batalla. He ganado unos cuantos amigos de los de buena madera, para siempre, para seguir siendo el lugar en el que soy feliz.
El lugar en el que soy feliz está también habitado por un compañero inapalabrable de tan real. Un madre y un padre que no sabían me dejaron al inicio del camino. De a ratos volvían con algún indicio, algún gesto que me ayudan a andar todavía hoy.
Hay ojos entrañables en este lugar en el que soy feliz, y olores que trazan un mapa entre Misiones y Chincha, de la selva al mar, de Paraguay a Perú.
En este lugar en el que soy feliz no entra la biblioteca que fui construyendo durante años. Qué querrá decirme mi biblioteca despanzurrada lejos de mí, abierta para quienes quieran tomarla, inaccesible ya a mis manos.
miércoles, 12 de mayo de 2010
Un alba más
Se instala la calma como una mano mansa y verde.
Mi vientre huele a albahaca.
Suda el sol y trae nuevas palabras.
La garganta se lava de rosas.
He decidido quitarme el velo de la cabeza. Era pesada la tela, como la espera.
Urge la vida de otro modo. Esas manos quieren el pan de mi carne.
La primavera ha llegado en pleno invierno.
Mi vientre huele a albahaca.
Suda el sol y trae nuevas palabras.
La garganta se lava de rosas.
He decidido quitarme el velo de la cabeza. Era pesada la tela, como la espera.
Urge la vida de otro modo. Esas manos quieren el pan de mi carne.
La primavera ha llegado en pleno invierno.
lunes, 26 de abril de 2010
Había una vez...
No recordaba mucho, pero no hacía falta. Portaba todo consigo, en su abrigo, su piel, su espada.
Había sí, algo como de luz entrando de contrabando, ladeando el filoso negro agazapado. Una luz acerada y escurridiza, hincante como un perro faldero, arbitraria como la primavera, puntual.
Los juegos se extendían durante horas, las hojas de la parra paseaban gusanos, la fábrica de atrás, abandonada, siempre. No hacía falta nada más, nadie más. Esas niñas se bastaban a sí mismas de tanto quererse y necesitarse, el mundo era infinito e indoloro en ese patio colorado.
Por dónde entró el dolor? Cuándo?
Las baldosas eran chiquitas y estaban pegadas una al lado de la otra, con esmero. El trapo que la madre arrastraba lamía las baldosas hasta dejarlas rígidas, intocables. El jardín desmechado cumplía más bien la función distractora de gatos que el padre se negaba a ejecutar. Las ratas devolvían su sentido a los gatos.
En ese universo perfectamente enajenado, las niñas eran un globo suelto en un acto oficial. Iban en sólido armazón sabiéndose, descubriéndose, provocándose partos y gestaciones felices, inocentes.
Los martes cantaban. Miércoles disfraces. Jueves escondidas. Viernes mancha y elástico. Sábado los primos, muchos también, globos y botellas en el mar, carnaval! Domingos misa y scrabel. Lunes, lecturas.
Qué día se detuvo la rueda? Por qué?
Había sí, algo como de luz entrando de contrabando, ladeando el filoso negro agazapado. Una luz acerada y escurridiza, hincante como un perro faldero, arbitraria como la primavera, puntual.
Los juegos se extendían durante horas, las hojas de la parra paseaban gusanos, la fábrica de atrás, abandonada, siempre. No hacía falta nada más, nadie más. Esas niñas se bastaban a sí mismas de tanto quererse y necesitarse, el mundo era infinito e indoloro en ese patio colorado.
Por dónde entró el dolor? Cuándo?
Las baldosas eran chiquitas y estaban pegadas una al lado de la otra, con esmero. El trapo que la madre arrastraba lamía las baldosas hasta dejarlas rígidas, intocables. El jardín desmechado cumplía más bien la función distractora de gatos que el padre se negaba a ejecutar. Las ratas devolvían su sentido a los gatos.
En ese universo perfectamente enajenado, las niñas eran un globo suelto en un acto oficial. Iban en sólido armazón sabiéndose, descubriéndose, provocándose partos y gestaciones felices, inocentes.
Los martes cantaban. Miércoles disfraces. Jueves escondidas. Viernes mancha y elástico. Sábado los primos, muchos también, globos y botellas en el mar, carnaval! Domingos misa y scrabel. Lunes, lecturas.
Qué día se detuvo la rueda? Por qué?
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